porque no hay casi nada que sea en verdad sólido. no hay vuelta que darle, parece. a veces me aterra ser tan terriblemente consciente de eso. a veces me gustaría no pensar, no procesar los hechos que suceden a mi alrededor. a veces me gustaría creer en lo que veo sin interpretaciones. a veces.
las cosas no se pasan por el hecho de que simplemente no hablemos de ellas. las cosas están ahí. siempre. y si estamos hechos de las palabras que somos, quizás solamente las palabras puedan conjurar finalmente todos los demonios. en un punto, el poder curativo de la palabra promete una mínima esperanza: quizás todos los eventos se presenten diáfanos a nuestros ojos. y eso ya es algo.
lástima que no ayude para nada esa noción de justicia que alguno, determinado a cagarle la vida a los seres humanos, decidió tirar en el tablero. porque si hubiera justicia, ciertas personas se quedarían con las manos vacías al final de la película. y uno sabe que no. uno sabe que, en un punto, la justicia no es más que una de las tantas formas de la suerte. y la suerte suele favorecer a otros, aunque cada tanto, le sonría a uno levemente. muy muy muy levemente.
aceptar la suerte que a uno le toca parece conformista, pero no lo es. sólo aceptando ese destino de puras manos vacías uno puede rebelarse. no deja de ser triste pero tampoco deja de ser liberador. cuando se tiene casi nada, es poco lo que se puede perder.
en última instancia, siempre está la opción de conseguir un sable láser y atravesar de un solo tajo a los hacedores del mal, cosa que no soluciona nada, pero entretiene que ni te cuento.