Julio 14, 2008
tráfico numerológico
llego al correo. saco número. 61. miro el indicador de turnos: 44. por el amor de buda, voy a envejecer en esas sillas mugrientas. van a encontrar mi cadáver reseco antes de que me toque a mí. acto seguido, me digo: estás desempleada. decime un poco qué cosa tenés que hacer con tanto apuro que no podés esperar un rato. es cierto, me contesto. y haciendo un ejercicio de resignación supremo, me siento.
45. 46.46. mierda, dónde está el 46. aparecé enfermo que nos queremos ir. 47. 48. carajo, cuántas cosas tiene para pagar. no deberían permitir eso. deberían ser dos cuentas per cápita. no más. 49. 50. y aquí, el milagro.
una señora que estaba sentada en la fila de adelante, se para. se da vuelta y me habla. antes de que yo pudiera verbalizar un ‘por qué me habla’, me pregunta: qué número tenés. 61, le digo. bueno, me dice, tomá. y así nomás, sin más preámbulos me da el 54. pero usted se va?, le pregunto. no, es que tengo otro. aaahhh, hacen cosas turbias con los numeritos. con razón hay tanto cliente fantasma. no podía creerlo. por una vez en la vida, esas tramollas horrendas que hace la gente me estaban beneficiando a mí.
51. 52. inevitablemente, al acercarse mi nuevo turno, empecé a sentir culpa. una desconocida filantropía apoderose de mí. no es justo que yo haya esperado menos que toda esa gente y que me atiendan primero. no. no. debería darle mi número turbio a alguien más. eso debería hacer. y después recordé todas las atrocidades que me suceden diariamente por culpa de la gente hija de puta. me relajé y esperé el 54. estaba lista para pelearme con quien tuviera que hacerlo.
pero no. la gente está tan amaestrada que nadie dijo ni mu. yo hubiera hecho un escándalo. realmente. por una vez, me tocó a mí. estaba tan sorprendida por la benevolencia del universo que ni siquiera tuve ganas de apuñalar a la señora que me había dado el número bendito cuando, ante mi agradecimiento, me respondió: de nada, mi amor.